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The Philadelphia Inquirer
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National
Anna Orso y Jessica Griffin

Le dispararon en la cara a los 62 años. Ocho meses después, sus heridas sanan, pero su vida cambió

FILADELFIA — En la oscuridad previa al amanecer de una mañana de invierno, Evelyn Langley salió de su casa para tomar el autobús que la llevaría al trabajo cuando un hombre la paró en la calle.

"Hola, tengo algo para ti", le dijo.

Y entonces le disparó en la cara.

La bala estalló en la mejilla de Langley y la tiró al suelo con tal fuerza que pensó que moriría. La llevaron al hospital, donde fue tratada y pasó tres días recuperándose, antes de volver a una vida que, según ella, quedó destrozada.

"Me destrozó la vida", dijo.

Langley, de 63 años, empleada de una agencia federal, es una de las más de 2,000 personas que han sido tiroteadas este año en Filadelfia, en medio de un aumento histórico de la violencia con armas de fuego que no se había visto en generaciones.

Más de tres cuartas partes de las personas alcanzadas por las balas en la ciudad cada año sobreviven, aunque sus vidas a menudo se ven alteradas. Y un número asombroso de ellas, entre las que se encuentra Langley, ven cómo los crímenes contra ellos quedan sin resolver.

En el caso de Langley, los detectives aún no han determinado qué motivó los disparos aparentemente aleatorios que se produjeron el 30 de marzo a las 6 a.m. bajo un puente, y la policía dice que no hay sospechosos.

Así que, al igual que muchas víctimas que no han visto a sus tiradores ante la justicia, Langley abandonó la ciudad.

Durante los primeros meses, vivió con su hija de 31 años y permaneció casi siempre en casa, a veces durante días. Hubo visitas al hospital y citas con el dentista y un sueño interrumpido por las pesadillas. La primera vez que se vio en un espejo después de recibir el disparo, gritó ante su irreconocible reflejo.

Este verano se mudó de Filadelfia y se instaló en un apartamento de una habitación, donde había una montaña de cajas de cartón que contenían 30 años de recuerdos que le costó desempaquetar durante meses.

Sin embargo, en el tiempo transcurrido desde entonces, ha dado pequeños pasos hacia el progreso. La herida se ha curado y, aunque todavía hay una docena de pequeños fragmentos de bala alojados en la mejilla y el cuello, ya no siente un dolor constante. En su mayoría, la mancha le da comezón, una sensación que ella ve como la forma en que su cuerpo le muestra que se está curando.

Durante un tiempo, asistió a terapia y trabajó para superar su ansiedad, parte de la cual, según ella, proviene de una tumultuosa infancia de acogida, abusos y luchas contra el abandono. Volvió al trabajo, donde se siente reconfortada por los ritmos familiares y tiene un puñado de compañeros de trabajo que donaron para ayudar con las facturas después del disparo.

Y estos días, está en una especie de gira de agradecimiento, expresando sin cesar su gratitud por la red de apoyo que la sostuvo en el camino, incluyendo a Melany Nelson, la directora ejecutiva de los Servicios para Víctimas del Noroeste, que la ayudó con todo, desde la reubicación hasta las facturas médicas no pagadas, los salarios perdidos y la terapia.

Para ellos, Langley es valiente, cariñosa e implacablemente positiva: una mujer de 1.50 metros con el espíritu de un peso pesado. Se sincera con sus seres queridos y con los desconocidos sobre su experiencia de haber recibido un disparo. Tal vez el hecho de compartir su experiencia ayude a otras personas a sentirse mejor con respecto a los desafíos de sus propias vidas y a agradecer que no les haya sucedido a ellas.

Pero en los momentos de tranquilidad a solas, la realidad de lo sucedido sigue asentándose.

Está el sentimiento de nostalgia al ver esas cajas sin desempacar en un departamento que no se siente como un hogar, y la punzada de miedo cada noche cuando mueve una silla para bloquear la puerta. Está el pánico y la falta de aliento que siente cuando ve a alguien que se parece vagamente a la persona que le disparó.

Y hay pavor que se disfraza de vigilancia cada día cuando se embarca en su nuevo viaje diario, que comienza antes del amanecer. Para soportar los viajes en transporte público, lee versos de la Biblia desde una aplicación y recita citas de inspiración que un compañero de trabajo le envía casi todos los días. Reza y a menudo habla por teléfono con un viejo amigo, Ken Barnett, que la mantiene tranquila.

Langley le llamó justo después de que el tirador se acercara a ella bajo el puente y disparara.

"¡Me han disparado! Me han disparado", gritó. Y entonces la línea se cortó. Barnett llamó al 911.

A los pocos minutos llegó el agente Timothy Camlin y Langley estaba tirada en la calle boca abajo. Mientras aparcaba su coche de policía, dijo, Langley levantó la cara y dejó escapar un grito que nunca olvidará.

"¡Estoy muerta!", gritaba una y otra vez. La llevó a toda prisa al Centro Médico Albert Einstein y se quedó durante una hora hasta que estuvo claro que iba a sobrevivir.

Langley y el agente se reunieron recientemente por primera vez desde aquel día. En el 14º distrito policial del noroeste de Filadelfia, ella le llevó un desayuno de Dunkin' y le dijo: "Eres mi héroe".

"Eres una inspiración para mí", respondió él. "He pensado mucho en ti desde aquel día".

"Dicen que soy un milagro", dijo. Los médicos dijeron que el resultado podría haber sido mucho peor si la bala hubiera tomado un camino diferente.

Con una sudadera que leía "agradecida, agradecida, bendecida", Langley le contó a Camlin cómo lidia con el trauma persistente del disparo, diciendo que afronta cada día decidida a enfrentar su singular desafío.

"Sé que tengo un propósito", dijo. "Todavía no sé cuál es. Pero es un propósito".

Le dijo al oficial que sentía que tenía que mudarse de Germantown, dejando atrás a vecinos y amigos cuya compañía había atesorado durante décadas. Tenía miedo de quedarse mientras su tirador siguiera en libertad.

Los investigadores tienen pocas pruebas para continuar. El tirador llevaba una máscara, lo que dificulta su identificación, dijo el inspector jefe Frank Vanore. Los detectives tuvieron dificultades para encontrar imágenes de vigilancia en la zona, dijo, y la investigación sigue abierta.

A veces Langley piensa en volver, y se pregunta si alejarse fue un error, como huir de la situación en lugar de intentar combatirla.

Su hija le dice que no se vaya, sino que intente encontrar consuelo en su nueva normalidad. Es una de las muchas personas en la vida de Langley que le dice que es hermosa a pesar de sus heridas.

Langley aún no se lo cree del todo. Algunos días, en el trabajo, entra en el baño, ve su reflejo y rompe en llanto.

Pero en los días más brillantes, levanta la vista y se toca la cicatriz con la punta de los dedos, sintiendo el lugar donde hace poco había un agujero, y se dice a sí misma: "Estás bien".

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