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Juan Carlos Chavez

Familia haitiana hizo un arduo viaje a través de Chile hasta Tampa. Esperan quedarse

TAMPA, Florida – Biko Joseph huyó del peligro y en cambio encontró discriminación.

Ahora, este marido y padre de 30 años espera que el viaje de su familia desde su país natal, Haití, hasta Chile y luego a través de la frontera de Texas, termine con la aprobación de su solicitud de residencia legal en Estados Unidos.

Temiendo que su trabajo como periodista lo convirtiera en objetivo de los asesinos en Haití, Joseph se fue a Chile, encontró trabajo y llevó consigo a su familia. Pronto se encontró con la pobreza y la discriminación que sufren muchos de los 182,000 haitianos que se han trasladado al país sudamericano para estar, en su mayoría, en empleos mediocres.

La familia huyó de nuevo, sobreviviendo a la selva, a los coyotes (aquellos que ayudan a pasar a las personas por las fronteras de los países) y a otros obstáculos en un viaje de 4,700 millas hasta la frontera con Estados Unidos. Llegaron justo antes de que empezaran a aparecer miles de inmigrantes procedentes de Haití, lo que desencadenó una redada de agentes a caballo, de la que se informó ampliamente y que suscitó críticas incluso por parte de la Casa Blanca.

Ahora, con la ayuda de un médico local, Joseph, su esposa Claudia, de 25 años, y su hijo pequeño, Jim, de cuatro años, están viviendo en Tampa, mientras buscan solicitar el Estatus de Protección Temporal a través del Departamento de Seguridad Nacional.

"Lo peor ya pasó, y lo superamos", dijo Joseph. "Lo importante es que estamos todos aquí, juntos, en Estados Unidos".

El número de haitianos que buscan entrar a Estados Unidos, muchos procedentes de naciones sudamericanas como Brasil y Chile, ha aumentado drásticamente este año. El aumento se debe a la alta tasa de desempleo en Brasil debido a la pandemia por COVID-19, a las nuevas políticas de inmigración en Chile que dificultan la obtención de una tarjeta de residencia permanente y a la decisión de Estados Unidos de ampliar el Estatus de Protección Temporal para los haitianos.

Los coyotes y las pandillas de tráfico humano se han aprovechado de la oportunidad que brinda Estados Unidos para poder ganar dinero ilegalmente.

Se calcula que unos 15,000 haitianos llegaron a la frontera sur de Estados Unidos en septiembre, varios de ellos dirigidos a campamentos llenos de gente a lo largo de Río Grande. Tres meses más tarde, el gobierno de Biden anunció que la mayoría de los haitianos había sido deportada, a causa de una disposición de la ley de inmigración que les niega la posibilidad de solicitar asilo allí.

La crisis en el país es solo el último capítulo de la crónica miseria de vida en Haití, una nación acosada por la corrupción y los desastres naturales. La gente arriesga su vida y su seguridad para huir por aire y por mar.

Joseph abandonó Haití en octubre de 2016, diciendo que se trataba de una decisión de vida o muerte debido a los reportajes que hacía, sobre noticias locales y corrupción gubernamental, para la emisora de radio La Gonave FM.

"A mucha gente no le gustó lo que dije sobre el gobierno, y en Haití todo el mundo sabe que no tienes libertad de expresión", dijo Joseph. "Dije la verdad y me amenazaron".

Compró un boleto de Puerto Príncipe a Santiago de Chile con la ayuda del doctor Mark Morris, un pediatra de Tampa de 78 años que conoce a la familia de Joseph desde hace más de una década. Morris había estado realizando viajes de misión médica a Haití, a través del grupo de ayuda “Partners with Haiti”, hasta el comienzo de la pandemia en marzo de 2020.

Joseph, que habla criollo haitiano, comenzó una nueva vida en el hispanohablante Chile y llevó allí a Claudia tres meses después. Ella estaba embarazada de su hijo. Vivieron durante cinco años en Buin, una pequeña ciudad al sur de la capital Santiago. Allí, José trabajaba siete días a la semana como maquinista en una granja, y los fines de semana como empacador de carne. Ganaba unos 500 dólares al mes.

"Era muy difícil para todos", dijo. "No hablas el idioma, no tienes a nadie, estás solo contra el mundo".

Su hijo Jim sufrió acoso y abusos físicos en la escuela a la que asistía, dijo Joseph. Alertaron a la policía pero no se hicieron investigaciones. Una noche, Joseph recibió golpes de un grupo de hombres que lo esperaban al salir del trabajo, dijo.

"El color de tu cuerpo es un problema, y, si no hablas bien español, también es problema", dijo Joseph.

"Algunas personas creen que vinimos a crear problemas, a quitarle el trabajo a otras personas o a vivir del gobierno. Pero nosotros, los haitianos, somos buenos trabajadores".

Joseph y su esposa decidieron que debían irse de nuevo, esta vez a Estados Unidos.

Vendió el Chevrolet 2011 de la familia por 2,500 dólares y consiguió otros 1,500 dólares para pagarle a un coyote para el viaje.

La primera etapa de viaje fue de Santiago a Iquique, una ciudad en la frontera norte con Bolivia. Esperaron a que anocheciera para cruzar la frontera con el coyote, uniéndose a un grupo de una docena de haitianos. En Bolivia pagaron un autobús hasta La Paz, luego cruzaron ilegalmente a Perú y viajaron al norte, hasta Ecuador, en otro autobús.

El siguiente autobús los llevó a Colombia, a 100 dólares por persona. El trayecto hasta la brecha de Darién, una extensa y montañosa selva entre Colombia y Panamá, les costó 280 dólares por persona. Caminaron por la selva durante siete días, soportando la lluvia, los mosquitos y la extorsión de las pandillas de coyotes.

"Es un viaje muy difícil, pero lo hicimos", dijo Claudia Joseph. "Y nuestro hijo Jim fue muy valiente. Eso nos dio más fuerzas para continuar".

Compraron y estuvieron cargando botellas de agua, galletas, comida enlatada, incluso aceite de serpiente, "para asustar a los animales".

En el cruce de un río en la selva, Joseph perdió su mochila y las actas de nacimiento de su familia. De alguna manera, se aferró a sus pasaportes.

La travesía por Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala y la ciudad mexicana Tapachula transcurrió sin problemas. Desde Tapachula, se desplazaron rápidamente en tren y en coche y llegaron a la frontera norte de México el 20 de julio. Nueve días después, el 29 de julio, un mes antes de la redada a caballo, buscaban refugio en Texas.

"Somos bendecidos. Tuvimos mucha suerte", dijo Joseph.

El Estatus de Protección Temporal que busca Joseph es una designación federal para los inmigrantes que buscan escapar de los estragos de la guerra o los desastres naturales en una docena de países de América Latina, África y el Caribe. El estatus dura 18 meses y suele renovarse automáticamente.

El gobierno extendió por 18 meses, hasta febrero de 2023, la elegibilidad a los ciudadanos haitianos. Esta medida también beneficia a quienes han vivido de forma ininterrumpida en Estados Unidos desde el 29 de julio.

John Dubrule, un abogado de inmigración que está representando a la familia Joseph de forma gratuita, dijo que están tratando de adquirir un documento con su fecha oficial de entrada a Estados Unidos.

"Estamos tratando de ayudarlos a todos, pero necesitamos esa prueba", dijo Dubrule. "Es una documentación importante para presentar un caso sólido".

Fadia Richardson, miembro de la Haitian Association Foundation of Tampa Bay, dijo que los Joseph merecen una oportunidad de vivir en Estados Unidos.

"He hecho mucho trabajo voluntario con las comunidades haitianas", dijo Richardson. "Las personas que he conocido son personas trabajadoras que quieren una vida mejor para ellos y sus familias".

Y añadió: "La situación en Haití es horrible ahora mismo: demasiada inseguridad, secuestros, disturbios civiles y pobreza".

Haití aún se estaba recuperando de un terremoto de 2012 en el que murieron 220,000 personas, cuando se produjo otro en julio que causó 2,000 muertos y 10,000 heridos. Además, el asesinato del presidente Jovenel Moïse en septiembre sumió al país en la confusión.

Joseph dice que está ansioso por ser un miembro que contribuya a la sociedad. Estudia inglés tres horas a la semana en Facebook y está dispuesto a trabajar en cuanto su situación legal se lo permita. Claudia también está tomando clases virtuales de inglés, con la esperanza de trabajar algún día en un hotel y ahorrar dinero para abrir un restaurante haitiano en Tampa.

La familia vive en un departamento de dos habitaciones que comparten con otra inmigrante haitiana, madre soltera de un niño de 12 años. Morris, el pediatra, cubre la mitad de la renta mensual de 900 dólares. Cada día, los Joseph recorren a pie las dos millas que separan a Jim de la escuela primaria.

"Se merecen una oportunidad", dijo Morris. "Han sido una familia trabajadora en Haití y Chile. Saben lo que buscan: una vida mejor. Les volvería a ayudar sin dudarlo".

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