El marido de Sonia Brown murió el 10 de junio. Dos semanas después, la enfermera registrada de 65 años volvió al trabajo. Las cuentas médicas de su marido y el pago de su coche se cernían sobre su cabeza.
"Ella quería asegurarse de atender todas esas cosas antes de retirarse", dijo su hijo David.
David y su hermana le rogaron que no volviera a trabajar durante la pandemia del coronavirus, explicándole su preocupación por su edad y su diabetes, pero ella no los escuchó.
"Ella era como un pequeño motor que podía hacer todo. Cumplía con todo", agregó David.
Pero su invencibilidad no pudo soportar el COVID-19, y el 29 de julio murió después de contraer el mortal virus.
La muerte de Sonia está lejos de ser inusual. Pese a la evidencia de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de que los adultos de 65 años y más corren un mayor riesgo de contraer COVID-19, KHN y The Guardian han descubierto que 338 trabajadores de primera línea en ese grupo de edad continuaron trabajando y probablemente murieron por complicaciones del virus después de la exposición en el trabajo. Algunos tenían 80 años, a menudo médicos o enfermeras registradas que apreciaban las relaciones de décadas con sus pacientes y no veían la jubilación como una opción.
Los trabajadores mayores tenían una variedad de motivaciones para arriesgar sus vidas durante la pandemia. Algunos se sintieron presionados por los empleadores para compensar la escasez de personal a medida que el virus se extendía por los departamentos. Otros sintieron un mayor sentido del deber hacia su profesión. Ahora, sus familias deben lidiar con la misma pregunta: ¿Estaría vivo su ser querido si se hubiera quedado en casa?
Aleyamma John era lo que su hijo, Ginu, describió como una " mujer ferviente". Su consuelo provenía de trabajar y cuidar de los demás. Su carrera de 38 años como enfermera comenzó en Mumbai, India. Emigró con su marido a Dubai, en Emiratos Árabes Unidos, donde trabajó durante varios años y tuvo a. sus dos hijos. En 2002, la familia se mudó a Nueva York y ella aceptó un trabajo en NYC Health + Hospitals en Queens.
A principios de marzo, a medida que los casos surgían en todo Nueva York, Ginu le pidió a su madre de 65 años que se jubilara. Sus pulmones ya estaban debilitados por una enfermedad inflamatoria, la sarcoidosis.
"Le dijimos muy claramente: 'Mamá, esto no es algo que debamos tomar a la ligera, y definitivamente necesitas quedarte en casa'".
"No creo que el hospital me permita hacer eso", respondió.
Ginu describió la camaradería que su madre compartía con sus compañeros de trabajo, un vínculo que se hizo más profundo durante la pandemia. Muchas de sus compañeras de enfermería se enfermaron, y Aleyamma sintió que tenía que redoblar su esfuerzo.
Algunos de sus compañeros de trabajo "estaban en cuarentena y no iban a trabajar", dijo. "Su departamento recibió un golpe bastante fuerte".
En la tercera semana de marzo, empezó a mostrar síntomas de COVID-19. A los pocos días, sugirió que sería mejor para ella ir al hospital.
"Creo que sabía que no iba a ir bien", dijo Ginu. "Pero encontró en su corazón la fuerza para dárnosla, lo que me pareció muy valiente".
Aleyamma terminó con un respirador, algo que aseguró a Ginu que no sería necesario. Su familia estaba presenciando un servicio religioso virtual de Domingo de Ramos el 5 de abril cuando recibieron la llamada de que había fallecido.
"Rezamos para que pudiera volver, pero eso no ocurrió", comentó Ginu.
Aleyamma y su marido, Johnny, que se retiró hace unos años, habían estado anhelando comenzar su próxima aventura.
"Si las organizaciones se preocuparan por su personal, especialmente por el personal que era vulnerable, si les proporcionaran asistencia y protección, todo esto se podía haber evitado", dijo Ginu.
En la época sin pandemia, Sheena Miles se consideraba semi jubilada. Trabajaba un fin de semana sí y otro no en el Hospital Regional Scott de Morton, Misisipí, principalmente porque le encantaba la enfermería y sus pacientes. Cuando el Condado de Scott se convirtió en un punto candente del virus, Sheena trabajó cuatro fines de semana seguidos.
Su hijo Tom, miembro de la Cámara de Representantes de Mississippi, la llamó una noche para recordarle que no necesitaba ir a trabajar.
"No lo entiendes", le dijo Sheena a su hijo. "Presté juramento para hacer esto. No tengo elección".
Durante el fin de semana de Pascua, comenzó a mostrar síntomas similares a los de COVID-19. El jueves, su esposo la llevó al University of Mississippi Medical Center en Jackson.
"Ella entró caminando y nunca salió", dijo Tom.
Tom añadió que su madre "dio su vida" por los residentes de Morton.
"Ella sabía los riesgos que estaba corriendo", señaló. "Sentía que era su deber servir y estar ahí para la gente".
Servir a la comunidad también era la motivación de la clínica de medicina familiar del doctor Robert "Ray" Hull en Rogers, Arkansas. Abrió la clínica en 1972 y, según su hijo Keith, no tenía intenciones de jubilarse hasta dar el último respiro.
"Fue uno de los primeros médicos de familia del noroeste de Arkansas", relató Keith. "Varias personas le preguntaron si se iba a jubilar. Su respuesta siempre fue no".
A la edad de 78 años, el doctor Hull continuaba haciendo visitas a domicilio. Su esposa trabajaba junto a él en el consultorio. Keith dijo que todo el personal tomó las precauciones necesarias para mantener el virus a raya, así que cuando su padre dio positivo para COVID-19, fue un shock.
Keith no pudo visitar a su padre en el hospital antes de que muriera el 7 de junio. Comenta que el funeral fue aún más duro. Debido a las restricciones del COVID-19 sobre el tamaño de las multitudes, tuvo que pedir a los pacientes de Arkansas, Oklahoma y Missouri que se quedaran en casa.
"No había ningún coliseo, estadio o cancha que hubiera dado cabida a su funeral", mencionó Keith. "Todo el mundo conocía a mi padre".
Nancy MacDonald, a los 74 años, se aburría en casa. Por eso su hija, Bethany, dijo que nunca contempló la jubilación. Así que en 2017, Nancy aceptó un trabajo como recepcionista en Orchard View Manor, un hogar para ancianos en East Providence, Rhode Island.
Aunque técnicamente trabajaba en el turno nocturno, sus compañeros de trabajo podían confiar en ella para hacer turnos extras sin dudarlo.
"Si alguien le llamaba y le decía: 'Oh, no me siento bien, no puedo ir’, ella estaba allí", dijo Bethany.
Las residencias de ancianos de todo el país han batallado para contener los brotes de COVID-19, y Orchard View no fue la excepción. Para mediados de abril, la instalación tenía 20 muertes, según se informó. El puesto de Nancy era de alto contacto; los residentes y el personal entraban y salían del área de recepción todo el día.
Al comienzo de la pandemia, Orchard View tenía un suministro limitado de equipo de protección personal. Bethany dijo que priorizaron su entrega a los trabajadores "de piso", principalmente a los que se ocupaban de la atención de los pacientes. El rango de su madre estaba en segundo plano.
"Cuando le dieron un tapabocas (N95), también le dieron una bolsa de papel marrón", recuerda. "Le dijeron que cuando saliera del trabajo pusiera la máscara en la bolsa".
Los gerentes de Nancy reiteraron que era una empleada esencial, así que siguió acudiendo. En conversaciones personales con su hija, sin embargo, tenía miedo de lo que pudiera pasar. A su edad, se la consideraba de alto riesgo. Nancy vio el aislamiento que los residentes de Orchard View experimentaron cuando contrajeron el coronavirus. No quería estar en su lugar.
"Tenía miedo de enfermarse", dijo Bethany. "Tenía miedo de morir sola".
Tras su muerte el 25 de abril, la Agencia de Salud y Seguridad Ocupacional abrió una investigación en el centro. Hasta ahora, Orchard View ha sido multado con más de 15 mil dólares por protección respiratoria y criterios de registro insuficientes.
Un vocero de Orchard View comentó a KHN que el centro tenía "un extenso control de infecciones". El centro se negó a hacer más comentarios.
Bethany MacDonald cree que los sistemas de salud a menudo excluyen a recepcionistas, conserjes y trabajadores técnicos de las conversaciones sobre la protección de la línea del frente.
"No importa cuál sea el puesto, ellos están en la primera línea. No tienes que ser médico para estar en la primera línea", señaló.
– Este texto fue traducido por Kreativa Inc.