DETROIT — Era un martes por la tarde a mediados de diciembre en el Beaumont Hospital en Farmington Hills. En el interior, decenas de personas estaban solas en habitaciones con puertas cerradas, conectadas a tanques de oxígeno y medicamentos intravenosos, enfermas por el virus que llegó a definir el 2020.
Todas las habitaciones del pabellón sur de la unidad de cuidados progresivos de 20 camas estaban llenas. La mitad de las camas estaban ocupadas por pacientes con coronavirus. La otra mitad estaba llena de personas que habían tenido ataques cardiacos o accidentes cerebrovasculares u otros padecimientos que los llevaron a buscar atención hospitalaria.
"Es muy estresante", comentó Hassan Beydoun, enfermero titulado y subdirector de la unidad, que está repleta de pacientes que no están lo suficientemente enfermos como para necesitar cuidados intensivos, pero que necesitan más atención que los de las unidades de cuidados generales. "Da miedo para ser honesto, porque no siento que la gente sepa exactamente lo que está pasando en los hospitales. Y siento que a algunas personas simplemente no les importa, ¿sabe?".
Pese a las órdenes de salud pública a nivel estatal que requieren el uso de tapabocas, limitan las grandes reuniones y prohíben comer en restaurantes y bares, "la gente sigue reuniéndose", dijo Beydoun, de 43 años, de Dearborn Heights.
Aunque todas las habitaciones estaban llenas en el hospital, comentó que la última oleada de hospitalizaciones por COVID-19 en Michigan había comenzado a disminuir. Aun así, Beydoun dijo que le preocupa que la pandemia esté lejos de haber terminado, y que él y sus compañeros de trabajo pudieran encontrarse de nuevo en modalidad de crisis, especialmente en las semanas posteriores a las reuniones de Navidad y las celebraciones de Año Nuevo.
"Ayer iba en el auto con mi esposa y vimos lleno el estacionamiento de un gimnasio. Me dije: ¿en serio? La gente no se toma esto en serio y por eso les digo a los pacientes: 'Por favor, si puedes hablar de tu experiencia en Facebook, cuéntaselo a tus familiares y amigos para que sepan cómo es' ... porque la gente no escucha las historias".
No escuchan sobre las personas de 20, 30 y 40 años que llegan al hospital con derrames cerebrales o insuficiencia renal o dificultad para respirar debido al COVID-19, dijo Beydoun. No escuchan sobre cómo familias enteras se están contagiando con el virus.
No piensan en la posibilidad de que puedan enfermar a los mismos enfermeros y médicos que los atienden.
No saben nada de Laquawn Milhouse, un ayudante del alguacil del Condado de Wayne que tiene 37 años y tuvo coágulos de sangre en los pulmones por el virus. O de Clarence Oliver II, que tiene 48 años y fue hospitalizado en Beaumont por segunda vez en menos de un mes después de tener COVID-19. O de Debbie Sabo, de 68 años, que estaba tan débil y sin aliento por el coronavirus, que su hija llamó a una ambulancia para llevarla al hospital.
No se dan cuenta de que pudieran morir, dijo Beydoun, así como más de 13 mil personas de Michigan que ya han sucumbido al virus. Al amanecer del nuevo año, el estado superó el medio millón de casos confirmados.
"La situación es mala ahora mismo", dijo Beydoun. "Deseo que el público se entere, que vea más historias como estas. ... Deseo que pudieran ver lo que está pasando, de verdad. ... Trabajamos mucho aquí ... para que la gente mejore. Y ves que a la gente le gusta salir; no les importa".
Afuera de cada habitación con la puerta cerrada hay un carrito lleno de batas médicas amarillas lavables. En la parte superior hay cajas de guantes quirúrgicos en una variedad de tamaños. Antes de abrir la puerta, el personal debe ponerse esos guantes y batas, y colocarse protección en los ojos. Todos llevan tapabocas N95 especialmente ajustados que dejan surcos profundos en sus mejillas.
Cada vez que un paciente de COVID-19 necesita medicamentos, ayuda para levantarse o se le lleva una bandeja de comida, el personal debe ponerse una bata nueva y guantes nuevos antes de abrir la puerta.
Para Matthew Taurianen, de 27 años, un asistente de enfermería certificado de Livonia que fue contratado hace seis semanas para trabajar en la unidad de medicina de emergencia del quinto piso del hospital, ha sido una revelación.
"Después de Acción de Gracias, como a la semana siguiente, fue probablemente el día más duro que he tenido en este campo", comentó. "Nunca he experimentado nada como eso. ... Tuve 15 pacientes. Fue un completo caos.
"No te das cuenta hasta que llegas a casa de cuánta adrenalina generas con esto porque estás aquí 12 horas", agregó.
Le pinchó el dedo a Sabo para tomar su nivel de azúcar en la sangre. Desde que Sabo llegó al hospital seis días antes, su nivel de azúcar ha sido alto. Culpó a la dexametasona, un esteroide, usado para abrir sus pulmones para que pueda respirar.
Un jueves por la tarde, su medición estuvo en el rango normal, 98 miligramos por decilitro. Sabo se sintió aliviado.
"Me arrastré por el vientre de la bestia", dijo mientras una cánula nasal bombeaba oxígeno a su nariz. "No le desearía esto a nadie".
'SEÑOR, NUNCA ME DEJES'
La enfermera titulada Sharon Edwards rezó mientras trabajaba durante la oleada de COVID-19 en la primavera, cuando todos sus pacientes tenían el virus, y algunos de ellos murieron.
"Siempre recé: 'Señor, nunca me dejes o me abandones'", dijo Edwards, de 59 años, de Livonia, que ha sido enfermera durante 27 años y da clases en Schoolcraft College.
Lleva una piedra gris lisa en el bolsillo de su uniforme azul marino. En pintura dorada en un lado de la roca hay una cruz, con la frase "Nunca te dejaré". En el otro lado hay un ángel.
Sostuvo esa piedra en su mano sin guantes fuera de la habitación de un paciente, con lágrimas en los ojos al recordar a la primera persona que cuidó y que murió de coronavirus.
"Cayó muy rápido", dijo. "O sea, entró con el virus, atacó sus pulmones, y luego fue a sus riñones. ... Su esposa llegó justo a tiempo. ... Le permitieron subir, y llegó justo en sus últimos momentos de vida.
"Y eso fue, creo, una de las cosas más difíciles. He sido enfermera por mucho tiempo, pero fue muy emotivo para mí".
Poco después, Edwards recibió un paquete de productos esenciales que había sido donado al personal del hospital.
"La gente nos daba regalos ... y esto es lo que recibí", dijo, sosteniendo la pequeña piedra.
"Era una señal. Recé y dije: 'Dios, por favor, por favor cuida de mí y ayúdame y ayúdame a hacer lo correcto para consolar a alguien que puede estar en apuros ... para ser un rayo de esperanza para ellos, y para tratar de ponerme en su lugar'.
"Me emociono mucho cuando empiezo a hablar de ello", dijo Edwards. "Cuando murió el primero, me afectó mucho. Estaba sollozando. ... De repente, empezaron a llegar por todos lados".
El segundo piso se convirtió en una unidad de cuidados intensivos (UCI), y todas las enfermeras necesitaron un curso intensivo de cómo hacer ese trabajo.
Edwards y las demás enfermeras de la unidad de cuidados progresivos ya estaban capacitadas para usar ventiladores, pero no para administrar algunos de los medicamentos que se usan en la UCI, comentó Kimberly Guesman, vicepresidenta y jefa de enfermería del hospital de Farmington Hills.
"Tuvimos educadores aquí capacitándonos", comentó. "Se les ocurrió esta clase, 'Cómo ser una enfermera de cuidados críticos en 30 minutos', y lo hicieron. Fue increíble".
Beydoun dijo que es como trabajar en una zona de guerra.
"Tenemos gente de diferentes hospitales, como nuestros hospitales hermanos, de diferentes departamentos que nunca se dedicaron a la enfermería en sus vidas, vinieron aquí y colaboraron", dijo. "Y nos ayudaron porque era muy abrumador. Nuestro personal, algunos de ellos se enfermaron y tuvieron que quedarse en casa".
Cuando el personal de enfermería contrajó el virus, dijo que revisaba la lista de empleados y empezaba a llamarlos uno por uno, preguntando a la gente si podían hacer turnos extra para llenar los huecos.
Nada de esta pandemia es falso, señaló. Edwards estuvo de acuerdo.
"Al principio, fue muy duro", confesó. "Estábamos todos muy estresados y fue un momento de mucho miedo no solo para el personal de enfermería, sino también para los pacientes. Estaban bastante aislados, eramos su único contacto con el mundo exterior”.
"Ahora está un poco mejor. ... Siento que está un poco más bajo control, pero aun así ... es un momento muy aterrador".
Edwards guardó su piedra de oración, se puso una bata amarilla y estiró los guantes quirúrgicos azules sobre sus manos. Llamó a la puerta de madera cerrada de la habitación de Milhouse. Está claro, dijo, que extraña a sus hijos y a su madre.
"Preguntó: '¿Puedo tener visitas?' Y yo le dije, 'No'. ... Tiene COVID".
'ES GRAVE'
Milhouse descansaba en su cama de hospital, con el volumen del televisor bajo. Una cánula nasal estaba anidada en sus fosas nasales, ayudándole a respirar. En su pie izquierdo tenía un yeso, cubierto por un calcetín de hospital de color amarillo brillante.
Lleva semanas sin trabajar en el departamento del alguacil por la ruptura del tendón de Aquiles. Se tropezó un día en el trabajo y se lo reventó.
"Pensé que era solo un pequeño esguince", dijo Milhouse, que vive en Detroit. "Me fui a casa y pensé que mejoraría más tarde, pero no fue así".
Milhouse fue operado justo antes del Día de Acción de Gracias para repararlo, y se enteró al día siguiente del procedimiento de que tenía coronavirus.
Inicialmente, sus síntomas de COVID-19 eran fiebre, pérdida de apetito y agotamiento. Uno de sus hijos contrajo el virus, y también la madre del niño, Kamaria Lee, pero se recuperaron rápidamente.
Él no ha sido tan afortunado.
"Ha sido un poco duro", comentó Milhouse. "He perdido cerca de 35 libras".
Una semana después de que sus síntomas comenzaron, Milhouse comentó que empezó a sentirse mucho mejor. Su apetito regresó, y pensó que había superado lo peor.
Pero pasó otra semana, y sus síntomas volvieron. Milhouse empezó a toser y dijo que le estaban dando unos calambres horribles en el estómago.
"No puedo caminar debido a mi yeso, y de repente empezó a faltarme el aliento", comentó. "Al ir al baño, tenía que recuperar el aliento. Hablar con gente normal, sostener conversaciones, era agotador, así que mis conversaciones tenían que ser breves".
Tenía sudoración nocturna, fiebre, y luego llegó el dolor.
"Empecé a tener un dolor muy agudo en el pecho", agregó Milhouse. "Pensé que era un gas. No pensé que fuera uno de los síntomas después del COVID cuando tu cuerpo ha terminado de luchar".
No podía ponerse cómodo. Lee insistió en que necesitaba ayuda médica y lo llevó a Beaumont.
"Así que llegamos aquí, y lo que me dijeron es que había neumonía en el fondo de mis pulmones ... y había coágulos de sangre allí, lo cual pensé que era gas", dijo Milhouse. "Así que me pusieron anticoagulantes, oxígeno y analgésicos porque me dolía".
Edwards ajustó el termostato de su habitación porque Milhouse dijo que tenía calor. Reemplazó la bolsa de heparina, un anticoagulante, en su ducto intravenoso.
"Está con un par de litros de oxígeno", dijo. "Le estamos dando esteroides. Y eso le ha ayudado a respirar. El médico de enfermedades infecciosas ya lo vio esta mañana".
Dos días después, Milhouse estaba siendo evaluado para volver a casa. Un terapeuta respiratorio entró en la habitación y le quitó la cánula nasal para ver cómo se oxigenaba su cuerpo cuando se levantaba para caminar.
Sus niveles de oxígeno en sangre bajaron al 89 por ciento, y era evidente que Milhouse estaba cansado por ese pequeño esfuerzo. Pero desde entonces, su oxigenación comenzó a recuperarse.
"Siempre fui una de esas personas que no creía en el COVID", dijo, tosiendo un par de veces. "Tomé las precauciones necesarias y he visto las muertes, pero supongo que no me entró la idea hasta que me enfermé y lo rápido que sucedió”.
"Gente de mi edad y más joven ha muerto. ... Todo se volvió horrible durante dos o tres días. Creo que las precauciones que la gente está tomando en cuanto a los tapabocas y todo es muy importante aquí porque es grave".
MIEDO A MORIR SOLA
A finales de abril y principios de mayo, la enfermera registrada Lori Mesko, de 47 años, de Howell está segura de que también tuvo el virus.
Aunque nunca se hizo la prueba, Mesko dijo que tuvo muchos de los signos reveladores: fiebre y dolores corporales, increíble fatiga y dolor de cabeza.
"Todo mi cuerpo me dolía y no tenía energía para hacer nada", recuerda Mesko, que ha trabajado durante 16 años en el hospital de Farmington Hills.
Su madre de 90 años también se contagió.
A medida que su madre se enfermaba más y sus niveles de oxígeno en la sangre bajaban peligrosamente, Mesko tuvo que tomar una difícil decisión: tratar de cuidarla en casa o llevarla al hospital, sabiendo que si moría mientras estaba allí, sería sin Mesko al lado de su cama.
"Entré en pánico y la puse en el auto y la traje aquí", dijo. "Llegué a la sala de emergencias y vi a una de las otras enfermeras con las que he trabajado mucho tiempo. ... Nos encontramos cara a cara, y tomé la decisión de volver a meterla en el coche, contactarme con el médico y volver a casa y atenderla porque no quería ... que muriera sola en el hospital".
La madre de Mesko tiene demencia, añadió.
"Estoy agradecida de tenerla en casa conmigo y no en un asilo donde han ocurrido tantas pérdidas", comenta Mesko. "La llevé a casa y con todos los medicamentos y todo, la atendimos”.
"Ambas estábamos muy enfermas", señaló Mesko. "Esencialmente debió haber sido hospitalizada. Pero, ya sabes, ella habría estado sola, y no sabía si iba a salir adelante. Vi lo que estaba pasando, así que hice lo mejor que pude".
La madre de Mesko sobrevivió al calvario.
"Fuimos muy afortunadas", indicó.
"Cada persona cuando se infecta de COVID responde de manera diferente", explicó Mesko. "Simplemente no lo sabes. ¿Vas a ser tú el que termine con un fallo multisistémico? ¿Vas a ser el que termine hospitalizado con un flujo alto, y con el máximo de oxígeno y que termine requiriendo intubación?"
Lo veía con demasiada frecuencia en sus pacientes que parecían estar bien en un momento, y luego, "en cuestión de segundos, las cosas cambiaban y se estaban deteriorando", dijo.
"Fue duro, muy difícil, pero no creo que tuviéramos tiempo de detenernos a pensar en cómo nos estaba afectando emocionalmente. Ya sabes, como que lo superábamos trabajando. Y luego, cuando empezó a disminuir, comencé a notar que me iba a la cama por la noche, y me despertaba con falta de aliento, y tenía que decirme a mí misma, calma, estoy bien.
"Lo estamos superando. Tengo la esperanza de que con las vacunas ... esto se irá en los próximos uno o dos años. No sé cuánto tiempo tomará para que todos sean inmunes a esto".
Se vacunará cuando sea su turno, y espera que otros también lo hagan.
"Y lo hemos observado. Lo hemos visto de primera mano. ... El público necesita ser más consciente de lo que realmente está pasando, y todo el mundo tiene que hacer su parte".
ANHELANDO CAMINAR DE NUEVO
Clarence Oliver II vino por primera vez a Beaumont Farmington Hills antes de Acción de Gracias porque no podía respirar.
"Me dolía el cuerpo", dijo. "Mi fiebre no cedía, así que cuanto más cómodo me sentía con la calentura, más alta era mi fiebre. Cuanto más me enfriaba, más regular era mi temperatura. Eso es el COVID".
Hubo momentos, dijo, en los que no sabía si sobreviviría.
"Conozco a mucha gente, chicos de mi edad, que han fallecido", dijo.
Después de cinco días con esteroides y con oxígeno suplementario, Oliver estaba lo suficientemente bien como para irse a casa, pero no pasó mucho tiempo antes de que una infección comenzara a aparecer en la zona mastoidea detrás de su oído izquierdo. Se desarrolló un absceso y el lado izquierdo de su cara se hinchó. Oliver tenía dificultades para hablar y tragar.
"Terminé pasando de una visita al médico a volver directamente aquí", dijo. "Con el COVID viene una secuela de cosas diferentes".
El tercer martes de diciembre, tenía una bolsa intravenosa de antibióticos en sus venas.
La segunda ola del virus en Michigan este otoño e invierno, dijo, "te convertirá en un creyente. Estoy hablando del más allá. Así que realmente, estoy agradeciendo a Dios primero por ser capaz de superar esto porque algunas personas no lo superan".
Quiere estar en casa con su familia y volver a las cosas que le gustan, como conducir su moto Harley-Davidson.
"Siempre tengo prisa para todo, pero esto va a llevar un poco más de tiempo", comentó Oliver, que vive en Detroit. "A menudo, la gente cree que puede volver a ponerse en pie en dos o tres semanas. Volveré a ponerme de pie, pero me moveré lentamente. No me moveré rápido porque no me lo permitirá aún, y lo entiendo.
"Mientras pueda ir a trabajar y hacer algunas cosas, e ir a casa y simplemente sentarme por un rato, está bien".
Dijo que se pondrá la vacuna contra el coronavirus cuando los médicos le digan que lo haga, y luego, dijo: "Con la gracia de Dios, todo volverá a la normalidad. La gente podrá ir al cine, podrá ir a jugar a bolos. Las personas simplemente podrán ir a tomar un helado juntas.
"Las cosas simples son las cosas que más extraño, cosas simples como poder dar un paseo, ir a la tienda, salir a Royal Oak".
‘ESTAMOS HACIENDO LO MEJOR QUE PODEMOS’
El doctor Philip Kaplan, médico de cuidados intensivos del hospital, dijo que más personas están sobreviviendo a esta ronda de COVID-19 porque los médicos han aprendido desde la primera oleada lo que parece ayudar y lo que no.
Tratamientos como el esteroide dexametasona y el antiviral Remdesivir parecen ayudar. También hay plasma convaleciente y han aprendido que dormir boca abajo ha demostrado ser beneficioso para los pacientes que luchan por recibir suficiente oxígeno.
Pero, agregó, "hasta que seamos capaces de vacunar masivamente a nuestra población, seguirá siendo como un incendio forestal, es muy infeccioso. Creo que lo que nos preocupa es cuán infeccioso es este virus y cuán rápido afecta a las personas que tienen múltiples problemas médicos".
"Lo que estamos viendo son grupos enteros de familias" que se infectan con el virus, dijo. "Tenemos un caballero que está en la UCI, donde ahora su esposa y dos de sus hijos tienen anticuerpos. Así que creo que es algo que se da en las familias”.
"Creo que mucho de esto es que todos se sienten cómodos con sus seres queridos, y muchos de estos seres queridos son portadores asintomáticos. Creo que eso es algo importante y que realmente está impulsando esto".
La pandemia también está "cambiando el rostro de la enfermería", dijo Megan Ostrowski, la enfermera a cargo de la unidad médico-quirúrgica del quinto piso, una unidad dedicada a COVID-19 en Beaumont.
Ha sacado del campo a muchos de sus compañeros de trabajo. Algunos tenían riesgos de salud subyacentes y temían no sobrevivir si contraían el coronavirus. Para otros, el trabajo agotador, tanto física como emocionalmente, fue demasiado.
"Me interesa ver cómo va a ser después de que esto se asiente", dijo Ostrowski, una enfermera titulada que ha trabajado en el hospital durante 11 años. "Si alguna vez va a desaparecer, no lo sé".
Ha sido difícil mantener alta la moral, comentó, cuando el público no parece dispuesto a hacer cosas básicas como llevar tapabocas y evitar las grandes reuniones para evitar que ellos y sus seres queridos se enfermen.
"Todo el mundo está frustrado", señaló Ostrowski, de 34 años, de Livonia. "Y todos parecen estar enfadados todo el tiempo, en general, no solo aquí, sino en la sociedad. Están frustrados. Todos están enojados y hartos. Nosotros estamos cansados de eso. Esta sensación general solo burbujea bajo la superficie.
"Pienso en mis pacientes", dijo, llorando. "Pienso en las familias que no pueden estar con ellos. Al menos una vez al día, hago un videochat. Ver a las familias no poder abrazar a sus familiares, es triste. Los pacientes están asustados".
Y todo es abrumador.
"Lloro. Lloro todos los días, y tampoco soy débil", afirma Ostrowski. "Me molesta mucho que me afecte tanto. ... No soy alguien que sea así”.
"Nuestro gran lema ... en Estados Unidos es apoyar a las tropas. Tú apoyas a las tropas, ¿verdad? No importa la guerra que estén combatiendo, les haces esa reverencia porque se la han ganado.
“Y siento que, con, la enfermería y el cuidado de la salud, es como, ¿podemos ganarnos eso también? Puede que no estés de acuerdo con las órdenes del gobernador. Puede que no creas todo lo que escuchas sobre el virus. Puede que tengas algunas dudas sobre el gobierno, todas esas cosas. Lo entiendo, pero ¿puedes al menos dar algo de respeto a la gente que solo está trabajando? ... Esto salió de la nada y estamos haciendo lo mejor que podemos. Así que sería bueno que sintiéramos ese apoyo”.
"Ninguno de nosotros se mete en esto por la gloria o la atención. Todos estamos aquí porque amamos a la gente, y queremos cuidar de ellos. Así que sería bueno que recibiéramos algo de eso".
Ostrowski recibió una dosis de la vacuna contra el coronavirus de Pfizer el día antes de hablar con The Free Press, entre los primeros trabajadores de la línea del frente en Michigan en ser inmunizados.
"Espero que funcione", dijo.
A través de toda la incertidumbre, las olas de emociones y las largas horas, Edwards regresa al hospital turno tras turno, como lo ha hecho durante casi tres décadas.
"Siento que estoy aquí por una razón", señaló. "Así que trato de hacer que cada día cuente lo mejor posible. Soy humana y a veces no tengo ganas, pero entonces pienso que podría ser yo la que está ahí, y eso es el otro lado, ¿no?"