Cuando el equipo de investigación de Ziyad Al-Aly le comunicó la mayor frecuencia con la que la diabetes parecía afectar a los supervivientes del COVID-19, pensó que los datos debían estar mal, por lo que pidió a sus cinco colegas que volvieran a revisar.
Semanas más tarde, volvieron a encontrar los mismos resultados tras examinar millones de registros de pacientes. Para entonces, Al-Aly también había indagado en la literatura científica y empezaba a aceptar una realidad alarmante: El COVID-19 no solo es más mortífero para las personas con diabetes, sino que también está desencadenando la enfermedad metabólica en muchas personas que antes no la padecían.
"Me costó un tiempo convencerme", afirma Al-Aly, que dirige el centro de epidemiología clínica del Veterans Affairs St. Louis Health Care System. "Era difícil de creer que el COVID pudiera hacer esto".
Entre los muchos efectos secundarios del COVID-19, el empeoramiento de la carga de la diabetes en el mundo pudiera tener un alto costo para la salud pública. Los mecanismos subyacentes que alimentan la diabetes de nueva aparición no están claros, aunque algunos médicos sospechan que el virus SARS-CoV-2 puede dañar el páncreas, la glándula que produce la insulina necesaria para convertir el azúcar de la sangre en energía. El estilo de vida sedentario provocado por los confinamientos también podría estar influyendo, al igual que los diagnósticos tardíos después de haber evitado las consultas médicas. Incluso algunos casos leves de coronavirus en niños pueden ir seguidos de la rápida aparición de la diabetes, según científicos.
Considerada una enfermedad pulmonar en los primeros días de la pandemia, el COVID-19 es cada vez más reconocido por su capacidad de devastar múltiples órganos y sistemas corporales, causando síntomas persistentes y a veces debilitantes en uno de cada 10 enfermos meses después de su aparente recuperación.
Las complicaciones metabólicas persistentes, que a veces requieren altas dosis de insulina, sugieren que un subgrupo de supervivientes está desarrollando diabetes, engrosando las filas de los más de 463 millones de personas que padecen esta enfermedad crónica.
La enfermedad, en la que el organismo no produce suficiente insulina o no la utiliza adecuadamente, supuso un gasto estimado de 760 mil millones de dólares el año anterior a la aparición del COVID-19, debido a las complicaciones que acortan la vida de las personas, desde los accidentes cerebrovasculares y la insuficiencia renal hasta las úlceras en los pies y la ceguera.
Al-Aly y sus colegas fueron los primeros en medir el efecto en Estados Unidos a partir de las bases de datos nacionales de atención de salud del Department of Veterans Affairs (VA). Descubrieron que los supervivientes de COVID-19 tenían un 39 por ciento más de probabilidades de sufrir un nuevo diagnóstico de diabetes en los seis meses posteriores a la infección que los no infectados del sistema de salud de VA. El riesgo equivale a unos 6.5 casos adicionales de diabetes por cada mil pacientes con COVID-19 que no acaban en el hospital. En el caso de los que sí lo están, la probabilidad se eleva a 37 por cada mil, y es aún mayor en el caso de los pacientes que requieren cuidados intensivos.
Según Al-Aly, las cifras deben considerarse en el contexto del amplio alcance del COVID-19. Durante el pico invernal, más de 130 mil pacientes fueron hospitalizados con coronavirus solo en Estados Unidos. En todo el mundo, el SARS-CoV-2 ha infectado a más de 153 millones de personas, entre ellas más de 20 millones en India, el país con más habitantes después de China.
Los datos de Al-Aly se publicaron el mes pasado en Nature, tres semanas después de que un estudio sobre casi 50 mil pacientes hospitalizados por COVID-19 en Inglaterra descubriera que tenían un 50 por ciento más de probabilidades de padecer diabetes unas 20 semanas después del alta.
"Corremos el riesgo de asistir a un choque de dos pandemias", afirmó Francesco Rubino, catedrático de cirugía metabólica y bariátrica del King's College de Londres, que creó un registro mundial de casos de diabetes relacionados con COVID-19 junto con Paul Zimmet, profesor de diabetes de la Monash University de Melbourne.
Los investigadores han formulado hipótesis sobre las vías por las que el COVID-19 podría aumentar la probabilidad de que se diagnostique la diabetes, incluida la posibilidad de que las células beta del páncreas, que son las encargadas de crear la insulina, sean destruidas por el virus o por la respuesta del organismo a la infección.
Otras explicaciones pueden ser una respuesta de estrés agudo a la infección, el uso de tratamientos con esteroides que ayudan a la supervivencia pero aumentan el azúcar en la sangre, o simplemente el desenmascaramiento de casos de diabetes que antes habían escapado al diagnóstico, según John Nicholls, profesor clínico de patología de la University of Hong Kong.
Casi 500 médicos de todo el mundo han aceptado compartir datos a través del registro de diabetes de Rubino. En él cargarán los factores de riesgo conocidos de los pacientes, los resultados de las pruebas de laboratorio, las características clínicas, el tratamiento y la evolución de la enfermedad, información que ayudará a identificar la forma más prevalente de la enfermedad, las posibles causas y los pronósticos probables.
Hasta ahora se han documentado cerca de 350 casos a través del registro, y las anécdotas descriptivas fluyen casi a diario a través de correos electrónicos de pacientes y padres preocupados.
"La gente nos escribe y nos dice: 'A mi hijo le acaban de diagnosticar diabetes. Tiene ocho años. Le dio COVID el mes pasado o hace dos meses. ¿Pudiera estar relacionado?'", dice Rubino.
El interrogante de si el SARS-CoV-2 es capaz de inducir diabetes es polémica. La vigilancia de la diabetes a partir de datos poblacionales puede ser una forma más clara de calibrar el impacto de la pandemia, dijo Jonathan Shaw, subdirector del Baker Heart and Diabetes Institute en Melbourne.
En Los Ángeles, mientras tanto, los médicos informan de un patrón preocupante entre los niños con nuevos casos de diabetes de tipo dos, la forma crónica vinculada a la obesidad y el sedentarismo que se observa principalmente en los adultos.
Descubrieron que uno de cada cinco nuevos casos pediátricos de tipo dos requirió el año pasado hospitalización por cetoacidosis diabética, una peligrosa acumulación de ácido en la sangre debida a un suministro inadecuado de insulina. Por el contrario, solo el tres por ciento de los nuevos pacientes se enfrentaron a este problema potencialmente mortal en 2019. Si bien ninguno de los niños en 2020 tenía COVID-19 activo, los médicos no estaban haciendo pruebas sistemáticamente para detectar una infección previa de SARS-CoV-2. De los que se sometieron a las pruebas, un tercio dio positivo.
"¿Pudiera eso explicar parte del aumento? Realmente no lo sabemos", dijo Lily Chao, directora médica interina de diabetes en el Children’s Hospital Los Angeles. "Pero es algo que nos ronda la cabeza".
Médicos de Canadá sugieren que el descenso en el uso de los servicios médicos durante la pandemia podría haber retrasado la atención a los niños con diabetes de tipo uno de nueva aparición, la forma más rara causada por una reacción autoinmune que destruye las células productoras de insulina en el páncreas. Un estudio realizado en la provincia de Alberta reveló que la incidencia de la cetoacidosis diabética grave en estos pacientes aumentó en más del doble hasta alcanzar el 27 por ciento en 2020.
Chao ve otros factores plausibles relacionados con el COVID-19. La propia pandemia también provocó cambios en el estilo de vida que pueden estar poniendo a los niños en riesgo de padecer diabetes.
"En el caso de Los Ángeles, las escuelas estuvieron cerradas durante todo un año", mencionó. "Muchos de nuestros niños han estado en casa y, francamente, no han recibido la mejor nutrición y han ganado más peso. Es una situación compleja".
Rubino tiene previsto publicar los resultados iniciales de los datos del registro de diabetes a mediados de año, y ofrece ya una alerta de precaución temprana: Hay suficientes pruebas de las consecuencias a largo plazo del COVID-19 como para evitarlo a cualquier edad.
"Esto no es solo una gripe que, OK, te da y te deshaces de ella", dijo. "Quizá no acabe. Es algo serio".